martes, 13 de mayo de 2014

Cuando la realidad supera la ficción

Aunque son sólo ocho episodios, Broadchuch es una serie que engancha y conmueve de principio a fin. Un retrato preciso y sustancial de lo que supone en un pequeño pueblo inglés el asesinato de un niño de once años. Os podéis imaginar el drama, la indignación, el miedo, la ira. Sentimientos que se desatan, secretos que salen a la luz y que golpean a sus habitantes mientras la policía trata de hacer su trabajo y la familia busca -sin demasiado éxito, como es lógico- la forma de recomponerse. El argumento de partida recuerda a las primeras temporadas de The Killing. Sólo he visto la versión americana, pero, con ese Seattle gris y lluvioso como telón de fondo, todo lo que rodea a la trágica muerte de Rosie Larsen se vuelve oscuro, y triste, y tenebroso.

Os cuento esto porque son series notables, sí, porque os las recomiendo vívamente si os gustan la intriga y el misterio, de esos que os impulsan a ver un capítulo más, y otro, y otro. Y porque, además, tienen el valor añadido de ir un poco más allá y adentrarse en las emociones de esas familias que han perdido a un hijo, a un hermano, a un sobrino, a un nieto. Familias que reclaman justicia para poder iniciar el proceso del duelo.


No quiero ponerme dramática. O, al menos, no es mi intención. Pero no está de más, de vez en cuando -y más en tiempos convulsos como los que vivimos-, hacer esa reflexión: cómo es posible -si lo es- afrontar la pérdida inesperada, la vida robada, el drama sobrevenido. Drama que, por desgracia, puede llegar de muchas formas, violentas, como en las series de las que hablaba al principio, o naturales, o como consecuencia de accidentes o vete tú a saber.

En fin, que la vida, a veces, es un estar preparado para lo que pueda venir, un "disfruta hoy por lo que pueda pasar mañana". 

Pero cierto es que hay situaciones especialmente dolorosas, como la pérdida de un hijo, que tan bien retratada aparece tanto en Broadchuch como en The Killing. Ningún padre, dicen, debería enterrar a un hijo, eso es algo antinatural. La prueba está en cuántas parejas se han roto por no poder superar esa pérdida, porque se culpan el uno al otro, porque no son capaces de pasar página, de enterrar el dolor y seguir hacia delante. 


"Dios nos libre de vivir algo así", como diría mi madre. Pero la realidad, tan dura ella, nos enfrenta a veces a situaciones de este tipo. No hace falta irse muy lejos, no es necesario buscar testimonio en las noticias o en las series de televisión. Quién no conoce a alguien que haya pasado por ese trance. Yo sí. Y sólo puedo pensar que la realidad supera, como casi siempre, la más cruda de las ficciones.

martes, 18 de marzo de 2014

Ya va siendo hora...

Que en pleno siglo XXI y en un país (presuntamente) moderno y civilizado como el nuestro se siga escuchando de vez en cuando que la homosexualidad es una enfermedad a mí me deja sin palabras. Vamos, que no lo puedo entender. De hecho, tener que defender a estas alturas de la vida el derecho de las personas a ser lo que son o lo que quieran ser me parece anacrónico. Igual que me resulta incomprensible que haya gente que siga pensando esas cosas y diciéndolas con plena convicción y con la conciencia tan tranquila.

Digo esto porque hace unos días vi "La vida de Adele", una película sobre el despertar sexual de una joven y su relación con otra mujer. Me preguntaba entonces si había dado tanto que hablar precisamente por su retrato de la homosexualidad y por lo explícito de las escenas de sexo entre las dos mujeres. Pero lo cierto es que, más allá de la anécdota, es una gran historia de Amor, así con mayúsculas, narrada con sensibilidad y realismo.


El Amor (en mayúsculas) casi siempre duele, y a la protagonista le duele especialmente porque se ve y se siente diferente. Porque no le gustan los chicos. Porque le gusta esa extraña de pelo azul con la que se cruza en un paso de peatones mientras camina al lado de su novio. Porque, cuando por fin se entrega a ese amor prohibido, prefiere ocultárselo a sus padres y a sus amigos y a sus compañeros de trabajo. Y así va pasando el tiempo, entre Amor con mayúsculas y mentiras, y celos.

Lo triste de la historia (entre otras cosas) es que es real como la vida misma. Es que aún hoy hay prejuicios, y miedos, y mentiras, porque hay quienes no se atreven (o no pueden, o no saben) a vivir con libertad sus sentimientos. 

Muchos de los tabúes en torno la homosexualidad han venido marcados por la religión. Porque en el seno de la Iglesia ha habido, y sigue habiendo, mucha intolerancia hacia los que ellos consideran diferentes, o raros, o enfermos. Por suerte (y esperemos que no sea  mero "postureo"), el nuevo Papa ha traído nuevos aires y, al menos, palabras de respeto y el compromiso de no juzgar a las personas homosexuales. Que, ojo, son personas, y su dignidad y sus derechos deberían estar por encima de creencias y de ideologías.

Pero, como decía antes, y por desgracia, sigue habiendo prejuicios y censura. No hay que irse muy lejos. Seguro que todos conocéis algún caso.

Pero es que, si además miramos más allá, la realidad de otros países y de otras culturas asusta. Porque si a veces es difícil ser gay en Navarra o en Londres o en París, ni os cuento en Afganistán, o en Irán o en Sudán. Ojo a este articulo que hace unos días podíamos leer en un blog de El País y que habla de la homosexualidad en África. Pone los pelos de punta.Y hace que la historia entre las protagonistas de "La vida de Adele" sea algo así como un cuento de hadas.


En fin, que ya va siendo hora de dejar de convertir en noticia lo que debería ser algo normalizado. Que la gente tiene derecho a ser feliz con la persona que elija, a amar, a ser amado. Y a no condenarse a la infelicidad y a no encerrarse en el armario de por vida sólo porque haya demasiado intolerante suelto. Vamos hombre, ya va siendo hora.

martes, 4 de marzo de 2014

¿El triunfo de las (buenas) historias?

Con eso de que el domingo se entregaron los Oscar tengo la excusa perfecta para hablar de cine. Me viene bien porque ya sabéis que en estas cosas siempre hay grandes triunfadores y grandes derrotados. Y yo hoy he decidido quedarme con los segundos. Con uno en concreto.

Reconozco que soy muy de leer críticas y de dejarme llevar por ellas cuando voy al cine. Aunque -por suerte- cada vez hay más ofertas, comprar una entrada sigue siendo un artículo de lujo que merece más o menos la pena en función de la calidad de lo que vayamos a ver. Por eso, cuando vi los halagos que recibía "El lobo de Wall Street", todo apuntaba a que sería uno de los peliculones del año. No digo que no lo sea, sólo que a mí de dejó bastante fría.

Como muchos ya sabréis, es una película inspirada en la historia real del corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort, personaje que interpreta (con enorme acierto, eso sí) Leonardo DiCaprio. Si le llegaron a apodar "El lobo de Wall Setreet" os podéis imaginar que no fue precisamente por su generosidad y su altruismo. Construyó su fortuna a base de colocar a la gente bonos basura sin ningún tipo de escrúpulo, un estafador en toda regla. Por no hablar de sus aficiones a la droga, las orgías y los excesos varios.


No me malinterpretéis. Alabo el trabajo de Scorsese en la realización de la película, rodada con maestría, con imaginación y con agilidad, a pesar de las tres horazas que te mantiene sentado en la butaca. Alabo el trabajo de sus intérpretes. Pero cuestiono que la historia sea digna de las grandes críticas que ha recibido. En fin, que me plantea la misma duda de siempre: ¿qué es más importante, la historia o la parte técnica/intepretativa de la película?

Digo esto porque sí, no cuestiono la habilidad del director, pero el trasfondo me parece vacuo, frívolo y bastante insustancial. Como anécdota, vale, la historia de una hombre que se hace rico de la nada con malas artes y sangre fría a raduales. Pero de ahí a elevarla a la categoría de "historia que merece ser contada", pues vaya, no sé... más me parece una apología del sexo, las drogas, y la moralidad dudosa que algo que resulte mínimamente ejemplarizante, o que te conmueva, o que por lo menos te despierte una mínima empatía.

Hace poco leí en prensa que uno de los personajes reales en los que está basada la película había pedido que la retiraran de las salas porque, tal y como aparecían retratados, le estaba costando mucho encontrar un trabajo. Hombre. Normal. Que lo hubiera pensado antes.

Frente a esa historia de ambiciones desatadas, la elegida como mejor película fue, como a estas alturas ya sabréis, "12 años de esclavitud". No la he visto. Pero las críticas coinciden a partes iguales en su dureza (está basada en hechos reales) y en la justicia que un Oscar que, por primera vez, mira de frente a una de las etapas más oscuras y sinestras de la historia de los Estados Unidos. Supongo que será de dolorosa de ver, pero también necesaria.

En fin, que son sólo dos películas. Dos historias basadas en hechos reales pero con un trasfondo totalmente diferente. En manos de cada uno queda la elección de qué es mejor, o de qué ver, o de con qué quedarse. Yo voto por las historias. Por las buenas historias. Siempre.

Tengo otra en el tintero. Pero la dejo para mejor ocasión.

martes, 18 de febrero de 2014

Y, de repente, notas que te haces mayor

Notas que te haces mayor cuando sales de marcha y, sin pisar un bar, ya estás pensando en la resaca del día siguiente. Y cuando miras al reloj para que no se te pase la última villavesa. Porque lo de ir a una discoteca -buf qué pereza- está directamente descartado.

Notas que te haces mayor cuando a tu alrededor ya no se habla de ligues ni de chicos guapos sino de pañales y extraescolares.

Notas que te haces mayor cuando te da pereza salir de casa sólo porque llueve y hace frío, mucho frío. Cuando no cambiarías el sofá y la manta por nada del mundo.

Notas que te haces mayor cuando vas a comprar una crema hidratante para la cara y te recomiendan que, ya de paso, sea anti-arrugas. Y cuando las mechas ya no son una opción sino una obligación.

Notas que te haces mayor cuando entras a Bershka y sales a los 30 segundos horrorizada por la ropa y por el volumen de la música.

Notas que te haces mayor cuando ya no tienes la genética de los 20 y no es tan fácil meterse en una talla 38 ni lucir biquini sin demasiado esfuerzo. Ahora te lo tienes que currar un poco (o bastante, yo diría).

Notas que te haces mayor cuando un niño te llama "señora" (y te dan ganas de matarlo, claro).

Pero, sobre todo, notas que te haces mayor cuando las cosas ya no son tan fáciles, cuando tienes más preocupaciones, problemas que te quitan el sueño, dudas existenciales; cuando te toca tomar decisiones importantes que, además, sólo dependen de ti.

Creo que lo estoy notando. Vamos, que me he dado cuenta de que en unos pocos meses me caerán los 34 y yo con estos pelos, casi sin enterarme.

Y, aún así, aunque nos hacemos mayores, aunque ya no somos los veinteañeros despreocupados y "japis" de la vida, daremos las gracias por estar aquí, a ratos mejor y a ratos peor, bien rodeados de gente que nos quiere, con ganas, con ilusiones, con sueños que, a pesar de los años, siguen intactos (ese viaje pendiente, ese proyecto de vida, ese trabajo por el que merece la pena luchar, ese capricho que algún día te darás -o no-).

Nos hemos llevado decepciones, nos hemos pegado "leches" importantes, y hemos intentando aprender de los fracasos y de los errores.

Y, de repente, cuando estábamos en edad de empezar a ordenar nuestras vidas, esta crisis salvaje nos la ha puesto patas arriba. Adiós trabajo de toda la vida, adiós seguridad, hola incertidumbre. 



Y en esas estamos. Dándonos cuenta de que, inevitablemente (y aunque yo soy y seré siempre "la Anica", la pequeña de la casa), nos hacemos mayores. Aprendiendo a lidiar con los nuevos problemas; conviviendo con los antiguos; y, aún así, dando gracias porque, visto lo visto, todo podría ser bastante peor.

lunes, 3 de febrero de 2014

De conflictos olvidados, o silenciados, o, simplemente, ignorados

Hace unos cuantos días leí este reportaje en El País Semanal, y ya entonces me quedé con ganas de comentarlo. No entiendo de política internacional, así que no voy a entrar a valorar cuestiones de las que no sé. Sólo voy a opinar, como humilde lectora y observadora, como oyente y espectadora.

El artículo en cuestión habla de la nueva vida que miles de refugiados sirios han comenzado en Suecia, el único país europeo que les recibe con los brazos abiertos y un generoso programa de acogida que incluye un sueldo mensual, clases de sueco, búsqueda de un apartamento y, más tarde, de un puesto de trabajo. Incluso tendrán derecho a llevar a sus familias a través de los consulados, y por la vía legal. Un auténtico lujo que, sin embargo, no está al alcance de todos. Porque salir de Siria supone mucho dinero, ponerse en manos de sabe Dios quién (mafias, en muchos casos), y cruzar toda Europa hasta llegar a un país extraño que les recibe con mucho frío, nieve, y unas pocas horas de sol. Pero también con la oportunidad de comenzar una nueva vida lejos de las bombas y la destrucción. 


Decía antes que no entiendo de política internacional, así que no voy a entrar en los motivos que puede tener Suecia para ser tan generoso. Porque cuesta pensar que semejante alarde de solidaridad y altruismo no tenga alguna contraprestación, la que sea, en forma de mano de obra, o de más población. No lo sé.

Lo que está claro es que el caso sueco es un ejemplo atípico en los tiempos que corren, tan poco propicios para la solidaridad. Es cierto que Suecia es un país rico, que no se está viendo tan golpeado por la crisis como otros estados europeos, pero no es menos cierto que su gobierno está mostrando una sensibilidad y una responsabilidad que, por desgracia, no abundan.

Porque a veces hablamos de conflictos olvidados, de guerras de las que apenas sabemos nada, de hambrunas, de tragedias que pasan más o menos desapercibidas en los medios de comunicación. Y, si no salen, es como si no existieran. No sabemos nada. No hay imágenes, ni testimonios, ni información.

Pero resulta que Siria está prácticamente a diario en periódicos, televisiones o radios. Sobrecogen las imágenes que nos golpean a menudo con personas muertas, barrios destruidos, y un país a la deriva, sin que nadie haga nada. Se iniciaron hace ya unos cuantos días las conversaciones de paz entre la oposición y el régimen sirio a miles de kilómetros de allí, en Ginebra, bajo la mediación de la comunidad internacional. Pero no hay grandes avances, y no se vislumbra ni de lejos el final del conflicto.

Una guerra que se ha cobrado decenas de miles de vidas y que ha dejado otros tantos miles de refugiados que llaman a las puertas de otros países buscando una mano tendida y la promesa de una vida mejor. Por desgracia, muchas de esas puertas están cerradas. 


No sé qué hay detrás de esa guerra fratricida, no sé qué papel puede jugar la comunidad internacional. No lo sé. Pero no es normal que nadie haga nada mientras la gente sigue muriendo, mientras se mata, se tortura, se destruye. Mientras los refugiados vagan buscando un nuevo destino en el que empezar a vivir de nuevo. Lo siento, pero no lo entiendo.

martes, 21 de enero de 2014

¿Quién decidió que correr está de moda?

Hubo unas semanas (cuando hacía sol y no llovía, y esas cosas) en las que me daba largas caminatas por el Paseo del Arga. Pero caminatas de esas en las que vas a toda leche para tonificar glúteos, quemar calorías y justificarte a ti misma y al resto del mundo de que "has hecho deporte" y "cada día estás en mejor forma". Oye, algo es algo. Pues bien, en esas tardes de paseo me cruzaba cada día con miles (bueno, decenas) de personas corriendo. Pero corriendo de verdad. Y muy bien equipadas con sus mallicas, sus zapatillas de running y sus camisetas de la Behovia. A mí me daban envidia, la verdad, porque queman muchas más calorías que yo con mis paseos, tonifican más, y encima parecen no inmutarse. A ver, que yo sólo recuerdo haber corrido en mis años de instituto y hacía trampa en el Test de Cooper. O me paraba y respiraba, o moría. Así, sin paños calientes ni medias tintas.

Por eso veo ahora que todo el mundo (o casi todo) sale a correr y, eso, que me da envidia de la mala. Porque luego te dicen lo bien que se sienten, el subidón que les da, y yo sólo puedo pensar en el flato que se me pone si corro más de 100 metros seguidos. Es real, puro hecho empírico comprobado por mí misma. Que lo he intentado, os lo prometo, pero no hay forma de evolucionar del paseo al running.


Y esto me lleva a preguntarme quién decide que algo "esté de moda" o "se ponga de moda". Porque de verdad que a mí esta tendencia del running me mata, y no es la única.

Otro ejemplo, ¿en qué momento el pádel pasó a ser lo más? Yo hasta hace nada pensaba que era un deporte, esto, bueno... de gente un poco pija, ya me entendéis. Pero ahora resulta que si no coges una pala también estás "out", como yo. Y eso que en mi defensa diré que la única vez que he jugado, en modo autodidacta total, no di tanta pena como cabría esperar en una persona poco coordinada, como es mi caso.

Pero, vaya, que cada vez conozco a más gente que recibe clases, se apunta a torneos y se compra conjuntos monos y paleteros a juego. He asistido como espectadora a alguno de esos torneos y os aseguro que es un fenómeno digno de estudio. Porque, para colmo, cada vez juegan niños y niñas más pequeños, y lo hacen incluso mejor que muchos mayores.

Hay más modas difíciles (para mí) de entender. Y, si no me creéis, daos una vuelta por alguna tienda y seguro que os invade la misma sensación que a mí. A ver, que cada cual es muy libre de vestirse, calzarse y peinarse como quiera, pero hay estilismos incomprensibles a estas alturas de la vida.

Empezar a llevar pitillos fue duro, pero me acostumbré; los leggins supusieron un paso más, pero son tan cómodos con un vestido o un jersey largo que yo ya los tengo instalados en mi armarios; pero que ahora hayamos evolucionado (o involucionado) hacia las "mallas" (eso no son ni leggins) de flores y estampados de imposibles... por favor, que las llevaba cuando iba al instituto. Y no, entonces tampoco eran precisamente lo más favorecedor del mundo!

O esos "monos" tan poco prácticos; o los zapatos con tacones imposibles (y abiertos por delante, con ventilación aunque sea invierno y estemos bajo cero); o los peinados con un trozo de cabeza rapada (que, como dice mi peluquera, tienen "tan mal crecer"); o los bolsos "de mano", tan incómodos ellos; o los abrigos de manga "tres cuartos" (¿y el resto del brazo qué?, ¿a pasar frío?); o los triquinis; o los zapatos de punta en los hombres... No sé, hay tantas y tantas cosas tan modernas y tan poco prácticas al mismo tiempo.


Hay tendencias "raras" hasta en lo culinario. Porque ahora tienes que comer (y hacer) sushi sí o sí. Si no, es que no eres nada "cool." Pues ala, me niego, hombre. Que a mí los pescados y las carnes, por favor, previamente cocinados.

En fin, que, si alguien se ha sentido identificado, que no se ofenda. Que todo lo digo desde el cariño. Y consciente de que a muchas de estas modas que van y vienen acabamos sucumbiendo, muy a nuestros pesar, y aunque reneguemos de ellas una y mil veces. 

A la del bolso "de mano" no os digo que no; a la del running, por ahora, no lo tengo tan claro.

martes, 14 de enero de 2014

Yo no soy tonta

Que un abogado de la Infanta asegure que ella actuó "por fe y amor a su marido" y desde la absoluta confianza me parece un insulto a la inteligencia. Así de claro. Porque vaya, es como venir a decir que las mujeres somos tontas, no nos enteramos de nada y todo nos parece tan normal. No preguntamos, no nos cuestionamos, sólo "vemos, oímos y callamos". ¿Alguien se lo cree?

Digo esto porque estamos asistiendo a la estrategia de "defensa" de Doña Cristina (aquí, ante todo, a la gente se le trata con respeto) y no doy crédito ante la sucesión de despropósitos que tiene una que escuchar. Uno de los últimos, venir a decir que su declaración es "voluntaria". Sí, claro. Tan voluntaria que llega única y exclusivamente tras la imputación y porque no queda más remedio, que sí que podía haberlo hecho a petición propia y, en cambio, le pareció mejor empezar una nueva (y cómoda) vida en Suiza, ajena al ruido, a los focos y a la presión mediática.

Pero, en fin, que yo quiero pensar que no somos tontos y que esta vez no va a colar. Que todos sabemos hacernos los suecos, mirar hacia otro lado, y aquí paz y después gloria. Pero de ahí a que no supiera lo que estaba pasando va aun trecho, un trecho bastante grande, por cierto.

Porque digo yo que algo le tenía que parecer raro. A ver, pongámomos en situación. Ella, con su trabajo en la Caixa; él... pues eso, con su Instituto Nóos, su Aizoon y sus cosicas. Y de repente, de la noche a la mañana, los ingresos se multiplican y se compran un palecete en Pedralbes. Y luego, ala, a tirar de la Visa de Aizoon para celebrar fiestas, comer sushi, aprender a bailar salsa y viajar a Brasil. Pues chica, qué quieres que te diga, a mí algo ya suena raro en todo esto. Sobre todo si ella trabaja en una Caja y se mueve entre cifras y facturas a diario.

Vamos, que es como si me viene un día mi Mikel y me dice que nos vamos a vivir a Gorráiz, se me presenta con un Louis Vuitton, me invita a comer al Rodero y me regala un viaje a Japón. Y todo eso sin lotería ni primitiva de por medio. Ojiplática me quedaría; vamos, que a mí algo ya me parecería raro en todo eso. Podría hacerme la tonta (o la lista, mejor dicho) y, ala, ancha es Castilla, a vivir se ha dicho. Pero no por ello dejaría de asumir que algo raro -muy raro- está pasando. Que el dinero no se multiplica de la noche a la mañana. Ya nos gustaría a nosotros.

Así que está muy bien que los abogados busquen sus argumentos y esas cosas. Sólo faltaba. Para eso están. Pero, por favor, que no nos traten por tontos, que ya bastante tiene que aguantar el ciudadano de a pie en los tiempos que corren como para que encima jueguen con su inteligencia.

Y que conste que yo defiendo la presunción de inocencia. Por supuesto. Pero, llegados a este punto, con tanta filtración, con tanta factura sospechosa, con emails comprometidos, la única defensa posible es que la Infanta hable y se explique alto y claro. Y, si de verdad vivía en la más absoluta ignorancia, pues oye, chapó por ella, seguro que era de lo más feliz.

Pero, si se demuestra que sabía y callaba, o que era cómplice, o que había cierta connivencia, pues que asuma las consecuencias. Como hacemos los demás cuando nos equivocamos. Como el que roba para dar de comer a sus hijos y acaba en la cárcel. Con el agravante de que, en este caso, creo que necesidad, ninguna. Más bien ambición, pura y pura.

En fin, sólo espero que, en un sentido o en otro, podamos recuperar la confianza en la Justicia, que tan maltrecha anda en los últimos tiempos.


martes, 7 de enero de 2014

¿Cuál es el vuestro?

La llegada del nuevo año y el final de las Navidades suelen venir cargados de buenos propósitos. De toda clase y condición. Los más comunes, los del tipo "voy a ir al gimnasio", "voy a bajar de peso", "voy a dejar de fumar", "voy a superar mi afición a las patatas fritas" (éste va por mí) o "voy a sacar más tiempo para mi familia y mis amigos". La realidad -tan cruda ella- suele hacer que un alto porcentaje de esos compromisos que nos hacemos a nosotros mismos desde la emoción y el entusiasmo se queden por el camino. Así que a la lista habría que añadir otro deseo: "voy a tener más fuerza de voluntad".

Yo no soy muy de celebrar esto de la llegada del año nuevo como una oportunidad para enmendar errores pasados y convertirnos en personas mejores y más estupendas. Reconozco que tengo cierta tendencia a la nostalgia que me lleva a mirar más hacia atrás que hacia delante. Tiendo a recrearme en los buenos -y malos- momentos del pasado y no acostumbro a prometerme a mí misma grandes cosas que sé, de antemano, que no voy a cumplir.


Pero 2013 no ha sido un año fácil. Han sido meses de dudas, de incertidumbres,de frustraciones y de aprender a gestionar sensaciones y miedos que sí, seguro que me han hecho más fuerte, pero también me las han hecho pasar canutas, que diría mi madre.

Así que no está de más arrancar 2014 con algún buen propósito, por pequeño que sea. El primero es de esos que cuesta horrores cumplir. Porque yo también me he pasado con lo dulce y lo salado, con el roscón de nata, el cordero, las gambas, el jamón y el paté. Así que no me vendría mal ponerme manos a la obra y darle un alegrón a mi báscula, a la que tan poco visito para evitarme un disgusto. Mis pantalones y camisetas me agradecerían que bajara un poco de peso y que recuperara el buen hábito de dar largos paseos y mover un poco el culo.

Será difícil, lo sé. Aunque probablemente será más complicado aún cumplir mi otro gran propósito: aprender a vivir el momento, a ser más calmada, a ahuyentar los miedos y agobios que sobrevuelan el día a día y que, a veces, frenan y paralizan. Aprender a disfrutar el hoy, a gestionar mejor los problemas, a buscar soluciones diferentes e imaginativas, a estar cerca de las personas a las que quiero con locura, a decírselo, a ser más feliz.


Que 2014 nos traiga un poco de todo eso. Y, sobre todo, que nos haga recuperar esa esperanza que hemos ido dejando por el camino a base de malas noticias y peores perspectivas. Esperar y confiar en que todo irá a mejor nos ayudará, seguro, a que así sea. Y trabajar, por supuesto, esforzarnos por cambiar cada día lo que no nos gusta y por rozar con los dedos, y llegar a tocar, todo aquello que nos haga realmente felices.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Éste no es mi mejor post

Os prometo que, por más que pasen los años, me siguen emocionando -llegadas estas fechas- anuncios estilo "El Almendro vuelve a casa por Navidad". Sí, me podéis tildar de moñas, de sensiblera y de adicta al almíbar, pero de verdad que me llegan esos mensajes.

Y eso que yo nunca he sido emigrante, pero puedo entender y compartir la emoción de quienes están lejos de casa y regresan a los brazos de sus padres, hermanos, tíos, abuelos o amigos. En Navidad, o en otra época del año. Sensaciones y sentimientos que, por cierto, plasmaba muy bien el vídeo que os pongo a continuación, que seguro que visteis en su momento, pero que hoy me viene al pelo para lo que os quiero contar.


Porque sí, la Navidad está muy bien con sus belenes, sus luces, sus espumillones, sus anuncios de colonias y juguetes, los regalos, los lazos, los turrones... pero, por encima de todo, y más en los tiempos que corren, es una gran ocasión de disfrutar de quienes están con nosotros, a nuestro lado. Si tenemos la oportunidad de hacerlo. Porque estoy segura de que no todos los que han emigrado tendrán recursos o capacidad de regresar a casa, y pasarán las Navidades alejados de su casa y de su tierra. Y porque, sí, todos tenemos grandes ausencias y vacíos que se acentúan en estas fechas.

Así que mi mensaje es claro: disfrutemos de lo que tenemos ahora que podemos. Que no nos queden abrazos por dar, ni Navidades por felicitar, ni palabras en el tintero. Porque no sabemos lo que la vida nos depara.

Feliz Navidad, y Feliz 2014

martes, 17 de diciembre de 2013

El hambre es un crimen

Todavía me dura el mal cuerpo que este fin de semana me dejó la noticia de la muerte de tres miembros de una familia de Alcalá de Guadaíra, según las primeras hipótesis, intoxicadas tras el consumo de alimentos en mal estado. La investigación apunta ahora a que la comida fue adquirida en buen estado, y que algo ocurrió en el domicilio que provocó su posterior contaminación. Parece descartarse la hipótesis inicial de que fuera recogida en contenedores o en la calle, como se apuntó en un primer momento. Lo cual no oculta, sin duda, una realidad que desde hace meses es visible en nuestros pueblos y ciudades, la de personas que hurgan entre la basura buscando restos de comida. Es una realidad cruda, dura, desoladora, y muchos otros adjetivos que prefiero ahorrarme por educación, pero que debería sacar los colores a éste nuestro Estado del Bienestar.

Hace sólo unas semanas asistimos a una nueva Gran Recogida del Banco de Alimentos. Superó todas las expectativas y evidenció que, por suerte, la generosidad y la solidaridad de los ciudadanos, incluso de aquellos que no andan precisamente sobrados, es infinita y digna de reconocimiento. Porque, una vez más, somos nosotros, los ciudadanos de a pie, las "clases medias", quienes asumimos y gestionamos algunas de esas situaciones profundamente injustas y devastadoras que la crisis ha dejado a nuestro alrededor y en nuestras propias casas.


Yo contribuí a la Gran Recogida con mi madre, cada una cargada con su bolsa de productos no perecederos y la ilusión de poder ayudar a alguien con un gesto a priori tan pequeño pero tan grande al mismo tiempo. Mi madre me contaba que, como por desgracia pasó hambre de pequeña y también recibió ayuda, le gusta poner su grano de arena, como otros lo hicieron por ella en el pasado. En ese pasado no tan lejano, pero sí muy distinto a nuestro presente. Y, sin embargo, retazos de aquellos años de penurias regresan ahora para recordarnos que ese Estado del Bienestar no era ni tan seguro ni tan cómodo como nos querían hacer creer.

El país vuelve a estar invisiblemente dividido entre quienes andan sobrados, quienes van tirando como pueden, y quienes pasan hambre, rebuscan en la basura y sufren para mantener un techo que les cobije. A más de uno se le debería caer la cara de vergüenza. Como al señor Blesa y sus encargos de caviar mientras arruinaba a miles de personas con las preferentes de Caja Madrid. Por poner un ejemplo reciente, vaya.


Esos mismos días de enorme trabajo para el Banco de Alimentos, la Gran Recogida compartía espacio en los supermercados con los productos navideños, los turrones, los ibéricos, los patés, los licores, que presidirán muchas mesas durante las próximas navidades. A mí la situación -os lo aseguro- me produjo cierto malestar. Enormes palets de arroz, pasta, galletas y otros productos de primera necesidad desafiaban a los delicatessen y a los caprichos gastronómicos que, probablemente, dejarán más de una cartera temblando en las próximas semanas.

Buena metáfora de esa España de realidades antagónicas a las que nos está llevando esta crisis sin fin. Sólo espero que la brecha no llegue a ser tan grande que se convierta en insalvable. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Escribo hoy, por si no hubiera mañana

Supongo que vivir es aprender a alternar con el miedo; que, como dice la canción de Vetusta Morla, "tan sólo seremos libres cuando no haya más que perder"; que, mientras haya personas que nos importen, tendremos razones suficientes para levantarnos cada mañana. Lo contrario, aunque nos exima del miedo a perder, tampoco ofrece una perspectiva demasiado alentadora, ¿no os parece?

En fin, que no pretendo ponerme filosófica. Es sólo que, de vez en cuando, la vida te enfrenta a realidades de las que duelen de verdad, de las que convierten en minucias cualquiera de nuestros problemas y preocupaciones del día a día. 


Hace unos días falleció la madre de una buena amiga y compañera de trabajo durante unos cuantos años (y de risas, y llantos, y confesiones, y confidencias). Estaba enferma, así que supongo que era una noticia esperada, aunque no por ello menos dolorosa. Es, sin duda, uno de esos momentos en la vida en los que faltan las palabras, porque nada que podamos decir puede calmar el dolor de la pérdida más irreparable. A mí se me encoge el alma sólo de pensarlo. No puedo ni imaginar la angustia, el vacío, que tiene que dejar la ausencia de un ser querido, un padre, una madre, una hermana, tu pareja, tu mejor amiga. Son huecos que, por más que nos empeñemos, nunca serán cubiertos. Como mucho, supongo, se aprenderá a sobrellevar la pérdida, a convivir con ella, pero estoy segura de que el vacío seguirá ahí, día tras día.

Sin embargo, son hechos como éste los que, tristemente, a menudo nos dan un bofetón en toda la cara y nos despiertan de golpe y porrazo. Nos recuerdan lo frágiles y vulnerables que somos, lo efímeras que son todas las comodidades que nos rodean. Lo que importa, lo que de verdad importa, es aprender a vivir el hoy como si no hubiera un mañana; es disfrutar de lo que tenemos y, sobre todo, de a quiénes tenemos a nuestro alrededor, antes de que la vida (o la muerte, en este caso) nos separe de ellos irremediablemente.

El otro día me llegaba a través de Twitter un post muy curioso, el de una enfermera que había convivido con enfermos terminales durante mucho tiempo (aquí). Había compartido con ellos sus angustias y, sobre todo, sus anhelos. Qué no hice, a quién dejé por el camino, qué sueños no cumplí. Y hay patrones que se repiten una y otra vez: ojalá hubiera sido realmente fiel a mí mismo, ojalá hubiera expresado mis sentimientos, ojalá me hubiera permitido ser más feliz.
No esperemos a que llegue ese momento para echar la vista atrás y lamentarnos por lo que no hicimos, no dijimos o no sentimos. A menudo estamos tan pendientes de agradar, de ser correctos y educados, de no lastimar a nadie, de no salirnos del camino trazado, que nos olvidamos de ser nosotros mismos. Y, por desgracia, a veces, cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde.

Una dosis de miedo es buena y necesaria para la vida. Pero que no nos paralice. Al contrario. Que nos recuerde cada día que nos sobran los motivos para seguir hacia delante aun cuando vienen mal dadas. Y que merece la pena ser uno mismo y luchar por nuestros sueños. Para que un día no miremos atrás y nos demos cuenta de lo que quisimos ser y nunca fuimos. 

domingo, 1 de diciembre de 2013

Palabras (o significados) que hacen daño

Os aviso de que este post puede herir sensibilidades. O provocar la risa. O el llanto. No sé. La cosa es que, cuando leí la noticia que lo inspira, las sensaciones fueron encontradas. El tema se las trae. Es gracioso, sí, y curioso, pero dice poco de la contribución de las Letras españolas (así, con mayúsculas) a la igualdad entre hombres y mujeres.

Me explico. La semana pasada -el 25 de noviembre- celebramos el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Sobran los comentarios porque, no sólo como mujer, como persona, me horroriza cualquier tipo de violencia y, por supuesto, aquella que, lamentablemente, siguen ejerciendo a día de hoy muchos hombres sobre muchas mujeres, sin lógica, sin sentido y, desde luego, sin justificación. Supongo que como eco de un pasado profundamente machista, de sociedades patriarcales y de sometimientos y servidumbres a los que se ha visto sometido el género femenino durante demasiado tiempo.
Pero no vengo a hablar de esto. Hoy sólo vengo a comentar esa noticia a la que aludía al inicio y que se enmarcó en la conmemoración del 25 de noviembre. Quizá algunos ya tuvisteis la ocasión de leerla. Se titula "Menos sexismo en el nuevo diccionario" y fue publicada por el diario El País (aquí). Es, a grandes rasgos, un reflejo de lo que todavía -sí, en pleno año 2013- podemos encontrar en el diccionario de la RAE, acepciones y definiciones machistas y retrógradas. Ojo, tomo prestados algunos ejemplos, para que os hagáis una idea:
  • Gozar. Conocer carnalmente a una mujer.
  • Cocinilla. Hombre que se entromete en cosas, especialmente domésticas, que no son de su incumbencia.
  • Femenino. Débil, endeble.
  • Masculino. Varonil, enérgico.
  • Padre. Varón o macho que ha engendrado. / Cabeza de una descendencia, familia o pueblo. / Padre de familia: jefe de una familia aunque no tenga hijos.
  • Madre. Hembra que ha parido. / Madre de familia: mujer casada o viuda, cabeza de su casa.
¿Qué me decís?, ¿cómo os quedáis? En fin, creo que sobran los comentarios. Pero la realidad es que estas acepciones figuran a día de hoy en el Diccionario de la Real Academia Española. La buena noticia es que algunas de ellas (o todas, por favor) serán modificadas en la nueva edición que se publicará a finales de 2014.

Pero, mientras llega ese momento, ahí siguen, alentando las desigualdades y las diferencias de género en pleno siglo XXI, perpetuando estereotipos machistas que tendrían que estar más que superados. Y en un diccionario. Cuando, precisamente, entiendo que la educación juega un papel esencial a la hora de equiparar géneros. No puedo comprender que comportamientos y actitudes machistas sigan presentes en las nuevas generaciones. Algo estamos haciendo mal si sigue siendo así, y, desde luego, sólo aprendiendo desde pequeños que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos, las mismas libertades y obligaciones, podremos conseguir algo.
No me considero especialmente feminista. Como ya escribí en otro post (aquí), ni machismo, ni sexismo ni feminismo. Sólo igualdad. Creo que es cuestión de dignidad y de justicia social.

Así que, por favor, señores de la RAE (digo señores porque la lista de mujeres en este órgano es más bien escasa, y se nota), modernícense un poco, váyanse adaptando a los nuevos tiempos. Creo que ya es hora.

lunes, 25 de noviembre de 2013

De quienes se benefician del sufrimiento ajeno

Buscar trabajo es una tarea ardua, complicada y, por desgracia, profundamente ingrata en los tiempos que corren. Es cuestión de llamar a muchas puertas, ventanas y agujeros si hace falta. Y, aún así, hay que aprender a manejarse con la frustración y el desencanto de recibir un "no" tras otro. A la autoestima tanta negativa le pasa factura, claro está, pero no queda otra que sobreponerse y seguir adelante con la única esperanza de que esto cambie y en algún momento suene la flauta. Con tesón, con esfuerzo, con trabajo y, sí, con ánimo, aunque flaquee de vez en cuando.

Las situaciones personales son tan variadas que es complicado, por no decir imposible, dibujar un mapa del desempleo. Hay hogares con todos sus miembros en paro, hay muchas personas cobijadas bajo la pensión de sus padres o abuelos, hay apuros para pagar hipotecas y facturas, hay números rojos y hay apreturas, muchas apreturas, cuando además el tiempo pasa y las prestaciones se agotan. Es un drama vital y social de terribles magnitudes. Un drama con un enorme coste personal, que te mina y te merma poco a poco.



Por eso, porque son situaciones dramáticas, me cuesta mucho entender cómo hay tanto aprovechado y tan poca falta de escrúpulos. El otro día leía en prensa un informe de la Asociación FACUA-Consumidores en Acción, un informe (aquí) que recopilaba las ofertas de trabajo fraudulentas más comunes. Casi todas llevan aparejado el necesario desembolso económico de unos cuantos euros por parte del interesado: bien en trámites, en llamadas de tarificación adicional o en la contratación de otros servicios. Por no hablar de los negocios piramidales, los falsos mediadores o los empleos no remunerados. Vamos, una vergüenza.

Así, de entrada, seguro que muchos pensáis que no caeríais en la trampa, que sabríais distinguir una oferta seria de un timo. Pero, por desgracia, la desesperación es muy mala, y, cuando no hay salida, uno se aferra a lo que sea, a cualquier cosa, y confía, y le engañan. 

La falta de escrúpulos de quienes se esconden detrás de esas estafas es evidente. Hacer dinero a costa de la desesperación ajena no sólo me parece profundamente inmoral, sino que, además, debería ser perseguido, penado y castigado. Porque no todo vale y porque ya bastante penosa es la situación del desempleo como para encima ser objeto de timos y engaños.

No todo son prácticas ilegales, claro está. Pero a veces uno lee ofertas de trabajo supuestamente serias y respetables ante las que no sabe si reír o llorar. Porque ahora para muchos puestos sólo les falta pedir latín. Y porque, para otros, las condiciones laborales rozan la explotación. No se trata de exigir imposibles, se trata de reclamar una mínima dignidad. 



Mucho minijob, mucho contrato autónomo con beneficios económicos dudosos, mucha flexibilidad, disponibilidad total, y así estamos. Cuando uno está desesperado todo le parece bien, claro. Pero no estaría de más pararnos y pensar un poco a dónde hemos llegado.

Porque la crisis está provocando que muchos de los logros y de las conquistas sociales que tanto ha costado alcanzar se estén quedando por el camino. Y porque no es justo ni moral ni aceptable convertir el sufrimiento ajeno en un auténtico negocio.

martes, 12 de noviembre de 2013

Yo blogueo, ellas bloguean

Hace ya seis meses que inauguré este blog y, en todo este tiempo, se ha ido haciendo con una audiencia pequeña pero fiel. Es, por ahora, lo más cercano para mí a una de esas experiencias vitales del tipo "plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo". Os aseguro que yo mimo, cuido y alimento mi blog como mi pequeño espacio en el mundo que es. Una mirada modesta y humilde a las realidades -mejores y peores- que nos rodean. Como os podréis imaginar, nació sin ninguna pretensión. Sólo la de canalizar mi gusto por la escritura y ser un vehículo de todas esas emociones, sensaciones, sentimientos, reflexiones... que a una le pasan por la cabeza y que muchas veces se quedan en el tintero. 

Para mí también tiene algo de impúdico, de exhibicionista. No sé si he escogido bien las palabras. La cuestión es que yo soy terriblemente pudorosa para exponer ciertas partes de mí (no me seáis mal pensados), y este blog ha sido un reto personal a la hora de mostrarme tal y como soy, de superar vergüenzas y recelos. 

Y eso que el pudor, creo, no abunda en muchos de los blogs que circulan por la red, y que sí han hecho de la actividad frente al ordenador un auténtico negocio y un modo de vida. Hoy no vengo a hablar de mí, no os asustéis; vengo a hablar de otras personas que sí hablan de sí mismas. Sin acritud, qué conste. Sólo como ejemplo de un fenómeno cada vez más extendido a través de internet: el fenómeno de las (y los) egobloggers.


¿Sabéis de qué hablo? De aquellas personas que han construido un blog en torno a sí mismas. Estoy pensando especialmente en el mundo de la moda. Es el ejemplo más claro. No sé exactamente cuándo ni dónde nacieron, pero hoy en día proliferan las bitácoras en las que se exhiben modelitos, conjuntos, sugerencias... Hay famosas, como la actriz Paula Echeverría, pero, sobre todo, hay mucha gente anónima tocada por una barita mágica y que ha hecho de una actividad tan aparentemente sencilla como enseñar su armario por capítulos, su modo de vida.

Lo hacen, por su puesto, bajo el paraguas de algunas marcas. Porque no todo es casual en esta vida, no siempre recomiendan ciertas firmas, ciertos productos, sólo porque les gusten y les vayan bien. Lo hacen porque están "patrocinadas", porque son las (y los, que también hay hombres en este mercado) auténticas prescriptoras del siglo XXI. 

No está mal. Supongo que, si hay oferta, es porque cada vez hay más demanda. Porque ni la televisión ni las revistas son suficientes; ahora las tendencias se cuecen en los blogs, y es ahí donde podemos encontrar ideas y sugerencias para el día a día. Si te interesa el tema, claro.

Yo sigo algunos de estos blogs más por interés profesional que por un afán de imitar sus estilismos. Y veo, a menudo, un exceso de ego que me chirría un poco. Porque ya el protagonismo no está en la ropa, ni en los zapatos, ni en bolsos, si no en ese afán por ser "alguien", por tener un nombre, por cobrar protagonismo.

Observo, además, una frivolidad y un gusto por lo superfluo que choca un poco con la realidad que nos rodea. Mucho glamour, mucho viaje, mucha firma cara, que, seamos realistas, poca, muy poca gente se puede permitir en los tiempos que corren. Quizá haya quien observe esas vidas como el ideal de lo que le gustaría tener y no tiene. Lo que anhelamos pero no alcanzamos. No lo sé.

Y, por último, se aprecia cierto gusto por el exhibicionismo. Hace unas pocas semanas estrenó blog Sara Carbonero para la revista Elle ("Cuando nadie me ve"). Tengo que confesar que me sorprendió. Es alguien que, a priori, trata de preservar al máximo su privacidad. Y, de la noche a la mañana, habla de los restaurantes a los que va, de cómo es su mesilla de noche, o de sus prendas fetiche. ¿Lo hace por dinero? Por necesidad, desde luego, no creo... Las marcas estarán encantadas porque, como buena it girl que es, todo lo que toca se convierte en oro. Ahora, ¿y la intimidad que tanto defiende?

En fin, ahí lo dejo. Sobra decir que, si eso es lo que os gusta, no lo vais encontrar por estos lares. Entre otras cosas, porque no creo que ni mi vida ni mis estilismos sean de interés para nadie. Aunque está claro que, por este camino, no creo que ninguna firma me patrocine.

martes, 5 de noviembre de 2013

No estoy hecha para este mundo

¿Visteis hace unos días el vídeo de un bebé que lloraba emocionado al escuchar a su madre cantar? A mí me encantó. No soy muy dada a navegar por YouTube, y menos aún a dar pábulo a los padres que se dedican a grabar todo lo que hacen sus hijos con la esperanza de encontrar algo que merezca la pena compartir en las redes sociales (¡he dicho!), pero lo vi en un periódico digital primero y en un informativo de televisión después y  me pareció curioso, de verdad que sí. Porque observar los gestos y las expresiones de esta niña de sólo diez meses como que te llega, te transmite.

También os digo que, si sigue así, esta pobre mujer está llamada a convertirse en una sufridora nata. Y lo digo por experiencia. Porque yo soy una llorona, a mí todo me conmueve, con todo empatizo. Y, claro, así me va. Se me puede caer la lágrima viendo un informativo, en el cine, con una canción o cuando alguien me cuenta sus penas. Y es duro, os lo prometo. Porque yo tengo muy claro que el mundo no está hecho para la gente sensible. Es así.


Basta con leer la prensa o ver un informativo. Las noticias trágicas se suceden una tras otra. Mineros que fallecen por escapes de gas, accidentes de tráfico, periodistas asesinados en Malí, mujeres víctimas de la violencia de género, atentados terroristas, inmigrantes que pierden la vida en el mar, desahuciados... En fin, no hace falta que siga, ¿no? Creo que sabéis perfectamente a lo que me refiero.

Me pregunto si, ante tanto drama vital, tendemos a anestesiarnos. Si, de alguna forma, nos volvemos inmunes ante el dolor ajeno. Si pensamos eso de "ya tengo bastante con lo mío, como para mirar más allá". La cuestión es que, como ya comentaba en otro post, contemplar el mundo que nos rodea produce auténtico pavor. Y no creo que podamos ni debamos hacer como si nada.

Sobre todo porque tengo la plena convicción de que muchos de esos dramas que nos sacuden a diario son evitables. Hay accidentes sobrevenidos, sí, pero también hay muchos tipos de violencia que podríamos combatir desde la educación, el respeto y la tolerancia (ojo a los conflictos religiosos, a las luchas fratricidas entre pueblos), y hay penurias económicas contra las que luchar desde un reparto más justo y equitativo de los recursos. 

Creo que puedo sonar utópica y hasta demagógica. Probablemente. Pero no me resigno a cerrar los ojos a todo el dolor y al sufrimiento que nos rodea, por duro que sea. Ocurre aquí al lado, cerca de nuestra casa. No creáis que hay que irse muy lejos.
Lo fácil para huir del dolor ajeno es caer en el egoísmo y encerrarse en los problemas propios (que haberlos, haylos), cerrando los ojos al resto. Pero, ¿y si todos hacemos lo mismo?, ¿hacia dónde vamos? La respuesta asusta. Sólo sé que no vale hacer como si nada.

martes, 29 de octubre de 2013

¿Y si todo vale?

¿Qué serías capaz de hacer para proteger a tu familia y a tus seres queridos?, ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar?, ¿te lo has planteado alguna vez? Supongo que es complicado delimitar las fronteras hasta que no te ves en una situación límite. Supongo que, llegado el caso, aquello que separa lo bueno de lo malo, lo ético de lo inmoral, se difumina, se vuelve más fino, más frágil.

No penséis que me he vuelto loca de repente. Es que hace unos días estuve viendo en el cine "Prisioneros", una película que ahonda precisamente en los límites físicos y morales de un hombre que se enfrenta a la peor de sus pesadillas: la desaparición de su hija pequeña. Presionado por su esposa y receloso de la actuación policial, decide investigar por su cuenta. Y esa investigación va a poner contra las cuerdas la frontera entre lo moral y lo inmoral, lo que está bien y lo que está mal, de la que hablaba antes. No os cuento más. Sólo os digo que la película es capaz de crear un clima tan oscuro e inquietante que te altera y te sacude por momentos. Creo sinceramente que merece la pena el esfuerzo. Si, como es mi caso, soléis empatizar con este tipo de historias, lo pasaréis un poco mal. Pero de vez en cuando no está de más pararse y pensar... ¿qué haría yo si estuviera en su piel?
Hablamos de una película, sí. Pero, por desgracia, la realidad supera con creces la ficción. Y los periódicos y los informativos están plagados de historias de esas que te ponen la piel de gallina: secuestros, desapariciones, asesinatos. Imagínate que le ocurre a uno de los tuyos. Y que tienes la oportunidad de ejercer la justicia por tu cuenta. 

No sé si me entendéis. Yo veo a veces a los padres de Marta del Castillo y pienso en el sufrimiento y la angustia que tienen que estar pasando. Por la pérdida de su hija, por no haber encontrado aún su cuerpo, y porque el asesino y sus cómplices parecen haber hecho del caso un macabro espectáculo en el que todos mienten y nadie parece mostrar, si quiera, un mínimo de compasión. Miguel Carcaño podría estar en la calle en unos pocos años. Imagínate que la madre o el padre de Marta se lo encuentran en la calle, en un bar, en una tienda. Qué pueden sentir, de qué pueden ser capaces.

¿Recordáis la historia de María del Carmen García? En el año 2005 mató al violador de su hija cuando lo vio en un bar. Disfrutaba de un permiso penitenciario. La violación se había producido en el año 1998, cuando la niña tenía trece años. No se habían dictado medidas de alejamiento que impidieran el encuentro entre la víctima y su familia, y el violador. Y ese encuentro se produjo. Y él le preguntó qué tal estaba su hija. Y ella se volvió loca. María del Carmen tendría que haber ingresado ya en prisión, pero se están recogiendo firmas para pedir su indulto. Todo apunta a que la violación de su hija afectó de forma significativa a su salud mental.

¿Es argumento suficiente para justificar una muerte? Claro que no. Asumir que todo vale y que esos padres tienen el derecho de tomarse la justicia por su cuenta no soluciona nada. Está claro. Creo que la historia ha demostrado una y otra vez que el ojo por ojo sólo genera mas odio, más violencia, más dolor. 

Y, aún así, seguro que muchos de vosotros entendéis la angustia de esos padres. Y hasta podéis justificar sus actos.

También os digo que yo no sé cómo actuaría ante una situación así. Y eso es precisamente lo que plantea la película de la que os hablaba al inicio. Creo que, sólo si te ves ante un dilema de tal magnitud, podrías saber cómo actuar.

Lo que es evidente es que en esta vida todos podemos ser prisioneros de algún modo. Literal y figuradamente. No sólo hay prisiones de cuatro paredes. Hay encierros que nos atrapan en la angustia, en la pérdida, en el dolor. Encierros de los que, a veces, nos podemos salir. Encierros que nos impiden seguir hacia delante.

martes, 22 de octubre de 2013

Feminismo, sexismo y otros "ismos"

Hace bastante tiempo que no leo el diario As en papel. Pero, si no ha cambiado, recuerdo que solían incluir en la contraportada una foto de una mujer divina y estupenda así como ligera de ropa. Os aseguro que, al menos en la versión online, no escatiman en fotos de "chicas As". Supongo que habrá redactoras, fotógrafas o secretarias trabajando en el periódico, y me pregunto si les hará gracia o no que el rotativo, que además pertenece a un grupo de comunicación de corte progresista, abunde en tópicos sexistas. Desde luego, a mí, como lectora ocasional, no me gusta. No me gusta nada.

Supongo que parten de la premisa de que los lectores de prensa deportiva son, sobre todo, hombres heterosexuales. Así que la idea de incluir fotos de mujeres en paños menores les ha debido de parecer un gancho estupendo. Nada original, pero estupendo. 

Que conste que a mí esto siempre me ha parecido de lo más sexista. Yo soy mujer. Y me gusta el deporte. Y también puedo leer el As o el Marca sin esperar que incluyan a hombres semi desnudos (más allá de futbolistas, tenistas o atletas en plena acción) como atractivo. Y puedo ver un partido de baloncesto y prescindir de los momentos "cheerleaders" que, dicho sea de paso, me parecen de lo más anacrónicos. ¿No hemos avanzado nada?
Está claro que es complicado marcar los límites de lo que se puede considerar o no sexista. Hago esta reflexión porque hace unos días unas activistas de Femen (un grupo feminista que nació en Ucrania) irrumpieron en el Congreso enseñando sus pechos como señal de protesta contra la reforma de la ley del aborto. Al margen del motivo de su protesta (que da para otro post), a mí las formas no me gustaron. Porque, como mujer, me chirría ese uso de la anatomía femenina para llamar la atención de los diputados, de los medios de comunicación y de la sociedad en su conjunto. Está claro que la protesta fue efectiva porque captó el interés de la opinión pública, pero, ¿era necesario hacerlo de ese modo?

Desde Femen han convertido las protestas en topless en su principal seña de identidad. Sus reivindicaciones incluyen temas como el turismo sexual, el aborto, las instituciones religiosas y todas aquellas cuestiones sociales que afecten de un modo u otro a los derechos de la mujer.

No obstante, el uso de la desnudez como reclamo no es nuevo. Organizaciones como PETA o AnimaNaturalis, por ejemplo, han recurrido a ella para defender los derechos de los animales. Aquí mismo, en Pamplona, vemos protestas año tras año contra los encierros y las corridas de toros. Sólo que el matiz en estos casos es distinto.
Porque a mí, que las mujeres utilicen su cuerpo como arma para denunciar comportamientos sexistas o que atenten contra sus propios derechos, no me parece lo mejor. Ya lo siento. Por muy vistoso y llamativo que sea, creo que no hacen sino perpetuar estereotipos machistas y retrógrados. Y representan todo aquello contra lo que han luchado muchas mujeres durante mucho tiempo.

Esto es. Que somos algo más que un cuerpo y una cara. Que estamos preparadas, formadas y capacitadas, que estudiamos, trabajamos, dirigimos, organizamos. Y que defendemos la igualdad. Hay ciertos "ismos" que deberían ser cosa del pasado. Ni feminismo ni machismo ni sexismo, igualdad, a secas. Mismos derechos, mismos deberes.

Y que conste que lo digo desde una mentalidad abierta. Que no hay ni pudor ni conservadurismo en mis palabras. Sólo el deseo de hacernos valer. Por lo que somos; y no por cómo somos.